Hasta hace unos años, cuando se hablaba de China como la ‘fábrica del mundo’, la mayoría de la gente pensaba en productos como sencillos juguetes con la pegatina ‘Made in china’ en su reverso. Ahora, cuando se emplea esa expresión, ya no se piensa solo en perecederos productos de plástico o ropa muy barata, también en imponentes vehículos eléctricos con tecnología puntera o en modernos y asequibles dispositivos electrónicos cuando no en aparatos robóticos. Lo que ha habido en medio es un ingente esfuerzo por parte de Pekín en potenciar las industrias más innovadoras, buscando por una parte una menor dependencia de Occidente (China ya no es el comprador por antonomasia de Alemania) y por otra dominar en el reparto de la tarta del comercio mundial. Aunque el avance en la materia es incuestionable, como reflejan las nuevas dinámicas mundiales en materia comercial, algo no termina de ir bien en la factoría china. Pese al empeño mostrado (en forma de masivas inversiones), esta determinación no se está traduciendo en una creación de valor económico y el tiempo se acaba: es una realidad que Pekín no podrá sostener en el tiempo este esfuerzo mucho más tiempo.