Cuando EEUU impuso los primeros aranceles masivos a China en 2018, la lógica política era atractiva en su simplicidad (buscar soluciones sencillas a problemas complejos suele ser un error). Encarecer los productos chinos reduciría las importaciones, recortaría el déficit comercial bilateral y devolvería a la industria a suelo estadounidense. Ocho años después, dos guerras comerciales y miles de millones en aranceles acumulados, el resultado es casi el opuesto al prometido. China ha logrado el mayor superávit comercial con el mundo de su historia, el déficit global americano se mantiene prácticamente inalterado, y el gigante asiático ha construido una arquitectura de evasión arancelaria tan sofisticada y eficiente que hoy opera casi con total impunidad. El supuesto origen de las mercancías cambia, pero los dólares terminan llegando a Pekín de una forma u otra. El proteccionismo americano no ha debilitado a China. La ha hecho más inteligente.