Las relaciones causa-efecto no siempre son evidentes o lineales en economía, pero en otras ocasiones son, empleando el lenguaje coloquial, ‘de cajón’. El exceso de capacidad productiva de China y los abrumadores aranceles decretados por EEUU contra el gigante asiático solo conducían a un camino: la redirección de las exportaciones chinas, y aunque Pekín ha encontrado un filón en el sudeste asiático y crece en presencia en Latinoamérica, no hay mercado más parecido al estadounidense que el europeo, tanto por nivel de riqueza como por tipología de cliente. Cuando Donald Trump empezó a agitar el látigo arancelario, las autoridades del Viejo Continente empezaron a temer una oleada de bienes chinos a precio de derribo que hundieran la inflación más de lo deseado y que dañaran aún más la competitividad de ciertos sectores europeos. Parece que la ropa está siendo el primer gran reflejo de esta dinámica.